domingo, 22 de septiembre de 2013

Luces. Destrellos. Un brillo peculiar me atraviesa. No puedo describirlo con mas palabras que estas, porque todavía no me atreví a levantar la mirada y contemplarlos por mas de cuatro segundos.
Por lo general, mano sobre el hombro izquierdo. Su cuerpo levemente próximo al mío. Su cabeza completamente en dirección a la mía, y ahí están...los ojos.
Descubrí otro hombre cuando los contemple por primera vez. Hablan. Me dicen cosas que su boca y sus manos callan.
El me niega rotundamente. Llega y se va. Me ignora, pero me deja su mirada. Como si fuera un papelito escrito por algún medico clínico, que cuesta descifrar. Pero ahí , ahí se encuentran. Diciendome tanto y tan poco a la vez.
Se que los míos hablan. Se que todas mis facciones hablan. Por eso miro al piso, le evito la mirada. Me escondo tímidamente y le regalo una sonrisa, que me la roba, porque tampoco quisiera regalarsela. No se la merece.
Me destruye, me apuñala, me desgarra, y me convierte en la mas infima partícula de polvo. No soy. No existo, no vivo.
Me enseño a reirme sin alegría y a llorar sin lagrimas. Me dejo aca, recostada sobre algunas sabanas con temor de conciliar el sueño, con pavor de amar, con miedo a recordar sus besos.